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Sonia80

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El pasado sábado me dolía la cabeza y rechacé la promesa nocturna de salir de copas con las amigas. ¿Música dance y alcohol inclusive reventar? No, muchas gracias; prefería encapsularme en una mantita, espatarrarme en el diván y comprender una tanda pendiente de capítulos de series en la televisión. Pero, dos series más tarde, hoy entrada la noche, descubrí que la migraña había menguado hasta la categoría de rollo. Necesitaba desperezarme, agitarse. Paseé por el dormitorio, el pasaje, incluso bajé a la arteria a respirar aire fresco. Me arrepentí de contestar la propuesta de hacía unas horas, cagüen, mi cuerpo pedía acción, movimiento. ¿Por qué no experimentar? Un espejo de cuerpo entero fue mi clérigo. Probé nuevos peinados sacados de internet, secador en mano y tenacillas a punto. El cuarto peinado me encantó, un subidón de orgullo me invadió hasta los huesos, ¿quién lo iba a decir? Estaba arrebatadora. Y hoy subida al carruaje de los experimentos, resolví maquillarme con colores sombríos, pestañas afiladas, labios purpúreos. Me pinté las uñas de negro cuervo, dibujé arabescos en mi cuello y hombros y manos. Me perfumé. El fruto era impactante, era la viva imagen de una fría y despiadada señora. Pero yo no me sentía una mujer fría, precedentemente bien, un calor extremo rebullía en mi interior. Reflejada en el espejo, la imagen de una mujer sensual y de amor exacerbado encendía mis pasiones. Me vestí provocativa, ensayé posturas y simulé ciervo el espejo gestos caloríficos que me iban calentando cada vez más y más. Coqueteé, mimé y me sonreí. La mujer que me miraba era atrayente, sensual, excesivo. La besé exento contenerme, lamí el vaho de su aliento, aspiré su olor dulce. Me abracé, me toqué, me acaricié. Estaba dispuesta a llegar al clímax, me lo suplicaba. Acerqué mi vulva a la suya, mis humedades mancharon el reflejo, mi genitales afeitar resbaló por el suyo. Chillé, grité, un culminación vino seguido de demás. El espejo temblaba, mis embates tremulantes eran inacabables. Toqué el cielo varias veces. Agotada, hediendo a sudor y erotismo consumado, me senté acoplado al espejo. Confesé a mi doble mis temores, los palos de la vida, mis miedos más oscuros. Lloré, murmuré, insulté. Y ella me escuchó atentamente, comprendió, me reconfortó. Más tarde, cuando, cansada y somnolienta, me despedí de ella, nos prometimos volver a vernos, a llamarnos, a quedar otra anochecer y chismear de lo nuestro. La creí, sabía que era mi mejor amiga, la más fiel, la que perpetuamente tendría a mi lado. porno gratis - categorias porno- peliculasx